Sus ojos brillaron, pero no usualmente, no, esos ojos no eran usuales, grises cristalinos, casi transparentes, emanaban, fluían, que casi ni soportabas, esquivabas su mirada ocasionalmente para que ésta no te quemara el alma.
Se acercó con la excusa de no haber más lugares en el restaurante sucio y corriente que visitabas diario cada noche desde que llegaste a Madrid
– qué atrevido, es solo un patán oportunista- pensaste – qué alto es, 2 metros tal vez un poco menos.
Su cabello era negro largo y atado en una cola, su perfil esquicito y su barbilla perfectamente cuadrada, su piel traslúcida, irradiaba un humor gélido lo cual te producía escalofríos, blanca como la nieve.
Llegó con una gran copa espesa de vino tinto, entre los dedos de la mano izquierda.
Lo veias menearla una y otra vez y unas cuantas gotas se derramaban sobre el percudido mantel, pero en ningún momento probo ni una gota, hasta llegaste a identificar una mueca a lo que tu asocias con el asco hacia el vino.
Que si el clima, que si el trafico, que si la vida, la humedad, tomo tu mano interrumpiendo tu explicación del porque la cicatriz en tu pecho y te enterro su afilada mirada en la tuya, esta vez no fuiste capaz de apartarla , dominó tu voluntad se apoderó de tu mente, mientras sacaba un trozo de papel medio quemado del bolsillo de la chaqueta.
-Pide – gemíste.
- Su vida, por favor. Susurró mientras te tendía el bolígrafo…
-¿No me digas que el frio te afectó? ¿Por qué hablas sola?
– interrumpió tu amiga al llegar a la mesa.

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